LA MURALLA Y LOS LIBROS

Hoy quisiera referirme al acto de narrar. Y es lógico, porque si esta serie de artículos comparten o compartirán una columna vertebral, esa es, lo difícil que es narrar o «la dificultad de narrar». Si fuera necesario, este podría considerarse el tema central de todo mi trabajo. Más central que esto, más cercano a aquello a lo que deseo llegar sería, simplemente, narrar.

Existe toda una perspectiva sociológica acerca de este acto; se basa en una simple proposición: (aproximadamente) que la forma narrativa es análoga a la de los recuerdos al constituirse en memoria. Es decir que narrar sería algo así como «hacer memoria» y basándome en tal premisa me animaría a afirmar que la narración es un recuerdo diseñado para sonar en la imaginación ajena.

¿Cómo se logra tal cosa? Pues definiendo exactamente el sentido de cada una de las palabras que componen dicha afirmación y ubicando a la narración en el sitio de la incógnita. La idea sería pensar de un modo que nos es del todo familiar y que es recordar. Eso que sucede cuando abandonamos un momento la letra impresa y nuestra memoria adopta de nuevo su autonomía, o esto que hacemos ahora mismo, dejar que nuestra memoria sea guiada, guiada a través de un tema en particular que es: un esbozo a la forma del narrar.

Esto que experimentamos ahora mismo es una de las dinámicas más comunes de nuestro pensamiento sólo que sin el desgaste que implica proyectar nosotros mismos aquello imaginado. La imaginación tiene autonomía y nuestro deseo, nuestro inconsciente, nuestro cuerpo, como quiera uno llamarlo, puede proyectar sobre ella lo que fuera, aunque también puede hacerlo una combinación equis de signos como esta que ahora leemos. Y de este modo nos dejamos proyectar desde fuera.

Aproximadamente así funciona el recordar. Esto que podemos ver ahora que hacemos pero sin generarlo directamente, como si lo viéramos al espejo: LO QUE TIENES DELANTE ES UN RECUERDO. Entonces ahora, partiendo de la base de haber visto qué hacemos cuando recordamos, intentaremos identificar alguna característica esencial del recuerdo exitoso, de la narración más placentera; característica no incluida en este conjunto significante que tenemos ahora mismo frente a los ojos. Y para ello deberíamos ubicarnos frente a un fragmento de narración con todas las letras; para entonces, ahora, no sólo leerlo sino también recordarlo:

«Leí, días pasados, que el hombre que ordenó la edificación de la casi infinita muralla china fue aquel Primer Emperador, Shih Huang Ti, que así mismo dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él. Que las dos vastas operaciones –las quinientas a seiscientas leguas de piedra opuestas a los bárbaros, la rigurosa abolición de la historia, es decir del pasado– procedieran de una persona y fueran de algún modo sus atributos, inexplicablemente me satisfizo y, a la vez, me inquietó. Indagar las razones de esa emoción es el fin de esta nota.»

Tal vez fuera interesante, sólo tal vez, volver a leerlo, al menos entre diez y veinte veces diría. Porque de otro modo la literatura es difícil de desarticular; es decir si no se la lee la suficiente cantidad de veces como para convertirla en un enjambre de signos el intento será vano. Por eso lo sugiero; se trata de un párrafo corto. Y entonces sí, partiendo de la base de que la hemos leído una cantidad útil de veces podemos continuar. Partiendo de la base de que esto que hemos hecho es recordar narrativamente, que hemos o somos conscientes no sólo de haber leído sino además de haber recordado, quizás logremos identificar algunos destellos en la narración «La Muralla y los Libros» de Borges, algunas características morfológicas esenciales; como por ejemplo que esto que leemos ahora es una voz en primera persona del plural; y esto es así porque estamos repasando un tema. Pero que la voz de «La muralla y los Libros» es la primera del singular.

Borges descuenta esta relación con el lector. Y la descuenta por una razón bastante sencilla, pues se trata de una de las características formales con que la narrativa se asoma a la familiaridad del lector: que todo cuanto sucede lo hace en sí mismo.

En este sentido la lectura de este texto de Borges no es una experiencia comunitaria; decimos que no es como la presente, una en la que cada uno de nosotros puede confiar en que lee alrededor de una clave común. La lectura del texto que narra es una experiencia individual, se realiza con prescindencia del resto de otros quienes puedan estar leyéndolo a un tiempo pues se trata de un dispositivo diseñado para sonar primordialmente en sí mismo y para sí mismo; justamente porque (aunque no sólo por ello) se imbrica en la primera persona del singular. Este escritor, que sabe mucho, ha constituido su dispositivo y de este modo condiciona la experiencia de leer para a su vez liberar la experiencia del recordar. No se trata de una pura elección estética o poética. Tiene mucho más que ver con lo Real; es una condición de la experiencia que llamamos recordar, narrar, de cualquier acto introspectivo. ¿Podríamos hablar al menos de ello como una cualidad sobresaliente del narrar?

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