EL ESCRITOR FANTÁSTICO.

Es un error suponer la composición de un texto de modo análogo al de su lectura. Sin embargo, las necesidades del yo escritor no siempre coinciden con sus habilidades. Pongamos el caso: un hombre crece observando ciertas cosas acerca del acto de escribir. Cuando niño ese hombre observaba a la gente y, en todos los casos, esta gente escribía textos muy cortos; uno dejaba por allí un post-it, otro una lista de compras para el supermercado, etc. En el pasado, sus abuelos, sus tatarabuelos, habían escrito cartas a una prima o una hermana que vivía en Francia, o el Congo Belga, pero cuando este hombre nació eso era ya un asunto viejo como la historia y la experiencia de escribir largo ya no existía.

Hoy día la experiencia básica de nuestras vidas es el hablar; de escribir… poco. Los e-mails son en general cortos. Cada tanto recibes uno de media distancia pero en general se escribe bastante poco y por ello la idea «escritor» podría aparecerse ante un niño que luego deviene en adulto como la de una persona que un buen día se sentó a escribir una novela y la fue componiendo sobre el teclado de su máquina tal como un experto pianista que improvisa en tiempo real con su instrumento. Sobre todo si ese niño que deviene en adulto no se halla cercano a las necesarias fuentes históricas que den noticia de todo lo contrario.

Y aunque parezca ridículo se trata de una fantasía válida. Porque todo aquel que es capaz de escribir en tramos cortos, listas, pequeñas notas, lo hace improvisando sobre ese instrumento que es el alfabeto; y la mayoría de las pequeñas cosas que escribimos las escribimos de un tirón. En esos casos no hay tanta evaluación ni consideración por las frases porque lo único importante es «qué queremos decir». Si hubiese un listado de principios que regulen la acción del escritor yo extraería los dos primeros directamente de la escritura menos pretensiosa:

  • La primera es que todo aquel que escribe sobre un post-it sabe exactamente qué intenta decir.
  • La segunda es que todo aquel que escribe sobre un post-it sabe exactamente qué reacción busca obtener por parte del lector.

Se trata de dos cosas que todo aquel que escribe lleva a cabo de manera casi automática cuando el texto es muy corto y la acción que se espera de parte del lector es una muy concreta. Ahora bien, vista esta fórmula, ¿cómo se hace para escribir un texto tan pretensioso como una novela? Y con pretensioso me refiero por un lado al «volumen de lo que se pretende informar» y por el otro a «la cantidad de reacciones que del lector se pretenden durante o a consecuencia de la lectura».

Sólo cuando uno narra un recuerdo es capaz de componerlo a un tiempo análogo al de su lectura. Salvo en ese caso, en el resto de las narraciones que llamamos ficción lo que hacemos es ordenar las ideas como recuerdos. Las ideas toman la forma del recuerdo tal como un ser común toma la forma de sacerdote cuando es «ordenado». El escritor no tiene ningún apuro por componer la historia; su trabajo no se desarrolla en tiempo real. La presencia de un interlocutor le generaría ansiedad, claro, pero esa ansiedad no existe en el modo que él eligió para comunicarse. Escritura y lectura son dos acciones que deben su existencia a la posibilidad de dos tiempos completamente distintos.

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