¿CÓMO ACLARAR NUESTRAS IDEAS?

Martes 24, Junio, 2008

.

Mi nombre es Book-Fu. Esa idea la tengo clara; por supuesto esto del nombre no me lo inventé yo, se me impuso de fuera; aún así lo uso porque es práctico, logra el objetivo, me identifica como individuo y eso está muy bien. Sería muy feo eso de que no hubiera cómo llamarnos entre nosotros, ¿no?

Pues, qué contarle; tengo alguna que otra aspiración e intereses que mi yo más profundo suele considerar como por encima hasta de mi propio sueldo. Esto es más o menos igual a decir que en mi vida me muevo en función de ciertos ideales, objetivos por lo que a veces hago y digo ciertas cosas que podrían resultar inconvenientes en según qué ámbitos y, en el peor de los casos, hasta incompatibles con la percepción de una nómina cualquiera.

Planteada esta, digamos, advertencia, quisiera pasar a una segunda y no menos importante: Yo, Book-Fu, no considero a esto que hago aquí cada día la obtención de una nómina cualquiera; casi diría que no lo considero la obtención de una nómina y punto. Vengo aquí, hago todo lo que puedo, doy todo cuanto sé, vuelvo a mi casa. Recién al llegar allí me acuerdo del dinero, y resulta que necesito pasta, como todos, la necesito tanto como al aire o al agua para sobrevivir, pero a veces -como hoy- me siento compelido a no pensar en, digamos, ese desgraciado detalle de ser humano.

Y si digo que a veces olvido la nómina es porque, en los tiempos que corren, obtenerla se parece demasiado al vago intento por hacer o decir lo que alguien te ordena que hagas o digas, aunque se trate de hacer o decir algo inadecuado a juzgar por la información con la que cuentas. Ganarse un sueldo hoy en día, simplificando: trabajar hoy, acaba pareciéndose en general muchísimo a anular el propio juicio, a no razonar, a abandonarse como sujeto y convertirse en cosa, en un artefacto. Diría más: hoy día no consigues curro si no es de marioneta, de títere, en los casos más hollywoodenses: de robot. Es por eso que a continuación me obligo a olvidar el dinero, ni por casualidad me pasará por la cabeza pues si no mejor hago silencio. A veces lo prefiero pero hoy no; hoy quisiera dejar claro que razono, y a un tiempo que reconozco el peligro que este accionar conlleva. ;)

Hace casi dos meses que trabajamos juntos; juntos procuramos la inserción social a personas con serias patologías mentales. Estas personas están medicadas por un psiquiatra de tal modo que, hablando en jerga, están medianamente bien compensadas. Eso facilita nuestra trabajo en grado enorme.

Al principio no me enteraba bien pero me divertía; flipaba intentando imaginar los porqué de las mil reglas que regían este sitio, reglas que me parecían locas, locas porque nadie sabía su para qué. Por ejemplo: imaginaba eso de ir por allí abriendo y cerrando las puertas una y otra vez, cada vez, como una dinámica básica de imposición de límites, como el intento de fomentar en estas personas un hábito útil allí donde había uno inútil (dejar las puertas abiertas también puede ser un hábito). Hago hincapié en esto de las puertas pues para mí servía para que sus mentes se habituaran también a abrir y cerrar algo en ellas y no mantenerlo como ahora está en algunos casos: o muy abierto (Miguel), o muy cerrado (Carles); eso por poner dos ejemplos así a bocajarro.

Imaginará usted mi decepción cuando, durante una reunión de equipo, me entero que la tal dinámica de puertas cerrar respondía a un intento de ahorrar energía (calórica). Como ve tenía la idea fija de que el centro neurálgico de nuestra organización eran los chicos que poníamos y pondríamos a trabajar en el futuro. El tema dinero, en mi cabeza, estaba al margen; y lo estuvo hasta que en esa reunión hice click y me desperté: recién entonces caí en que el centro de toda esta estructura se conformaba de un equilibrio entre las necesidades de estas personas y las de la economía de capital. Es decir que si a esta estructura le faltaba dinero a ellos les faltaría nuestra estructura. Una situación gravísima si tomamos en cuenta que la estructura de dentro a ellos ya les falta y es por eso que vienen a que los ayudemos.

Y no es que sea yo un crío y demore mes y medio en caer en cuenta de algo tan simple como que es incompatible prescindir del dinero y llevar adelante una empresa como esta. Al contrario, yo siento que es de lo más difícil ubicar el dinero en segunda prioridad y me enorgullezco de poder hacerlo. Y lo logro porque, como ya dije, para mi vida tengo ciertos ideales que quizás no veré cumplidos pero a los que, de todos modos, tiendo. Es importante hacer notar además -si es que hasta aquí no se notara- que parto de una buena intención. Y que tanta buena intención, algunas veces -como esta por ejemplo- me destina a hallar sí o sí un modo de comunicar mi decepción. Observo que nuestra supuesta dinámica de equipo (dinámica de la que también usted es parte) -a mi juicio- no es ni por asomo la ideal; pero ni de lejos, vamos.

¿Qué razón esgrimo para afirmar tal cosa? Pues, la pragmática. Cuando me pregunto si la dinámica de equipo ¿es todo lo funcional que pudiera o no? Más concretamente, cuando me pregunto ¿esta dinámica contribuye a alcanzar nuestro objetivo? -y si lo hace, ¿en qué medida lo hace?- me respondo (en el mejor de los casos) que no estoy seguro, o (en el peor) que: No.

¿Por qué digo que: no?

Verá: esta clase de trabajo es del tipo sensible; eso significa que la gente que cae en un sitio como éste no lo hace por mera casualidad. Somos, quien más quien menos, personas a las que la vida ha vuelto un poco más comprometidas que al resto para con el sufrimiento del otro. Igual es que por circunstancias particulares conocemos el sufrimiento un poquito mejor que los demás, aunque esto último, según qué casos, podría no ser así.

Cada vez que puedo intento confiar en mi propio razonamiento; por lo tanto me permitiré pasar por Idealista y presuponer que cada quien de nosotros viene aquí cada día en el mismo plan que yo. Venimos a hacer todo lo que podemos y todo cuanto sabemos por personas como el Xavi o Juan, Marisa o todo el resto de personas con grave trastorno mental. No tejemos escarpines, no servimos cubatas en Hawaii. Por el contrario, trabajamos de algo medio borde y duro, no nos engañemos. Somos un grupo de personas fuertes a las que no es fácil decepcionar, malhumorar o amargar hasta el llanto. Sin embargo observo que, entre nosotros, todo esto que cuento sucede con sorprendente asiduidad.

Si me preguntara usted a mí ¿qué creo que sucede? le diría que somos unas personas deseosas de convertirse en un equipo y que no lo consigue. Y que no lo consigue porque se trata de un grupo al que sistemáticamente se le están planteando objeciones, objeciones, objeciones, todas objeciones de forma. Desde que entré a aquí jamás se me ha hablado seriamente siquiera de un solo contenido. En estos dos meses yo no he oído hablar de más objetivo que, para cada cosa, adoptar una forma determinada. Pareciera como que todo cuanto pudiera evaluarse aquí fuera lo has hecho así, lo has hecho asá, mal hecho, punto; no alcanzo a imaginar a qué objetivo responden estos juicios -diría yo- como estéticos (a pesar de que a nadie le gusten). La forma en que se hace algo puede objetarse, claro está; pero sólo desde un conocimiento más que claro del objetivo con que ese algo se hace. Digo, para decir esto se hace así y de ninguna otra manera primero es necesario conocer el objetivo que se persigue, es decir la respuesta a la pregunta ¿con qué fin hago lo que hago? (al margen de qué manera utilice para conseguirlo).

A continuación me pregunto: ¿he cumplido el objetivo? ¿Sí? Fantástico. ¿No? Pues el modo deberá corregirse con el objeto de alcanzar la finalidad prefijada, creo yo. No soy experto en sanidad mental en general pero sí en la mía propia; he leído bastante, puedo asegurarle que si el objetivo es reproducir la forma por la forma misma (las cosas se hacen así porque yo lo digo) nuestro objetivo y nuestro juicio serán puramente estéticos, nuestra labor será muy parecida a la moda, acabaremos todos posando.

Pero es que no trabajamos en Vogue. Visto desde fuera -si se me permite que yo a la vez vea este asunto desde fuera- parecemos como científicos atrapados en el purgatorio del error constante. No, no, mejor, si al final de lo que vamos es de estéticos: parecemos aspirantes de ballet clásico cuyo instructor les objeta una pose tras otra, tras otra, tras otra, repitiendo cada vez cómo debe uno hacerla pero jamás para qué, qué fin se busca al hacerla de ese modo. En ese caso yo también me echaría a llorar pensando no sirvo para esto, lo dejo.

Yo digo que es bastante sabido -aunque igual me equivoco- que el ballet no va sólo de cómo posar, de cómo representar unas muy determinadas formas con el cuerpo y que nos aplaudan. El ballet -vale incluso para nosotros- también es la emoción que estas formas con nuestro cuerpo deben despertar en quien las ve (su objetivo). Nosotros en cambio vamos por allí como si nada cuando, como todo ballet, interpretamos a diario frente a personas. Es verdad que se trata de un público bien extraño, yo diría extrañísimo porque parece distante, desinteresado, parece que todo le diera igual, no nos dan en absoluto la idea de ser nuestros espectadores. Pero en este punto o yo no he entendido nada o sí que lo son; creo que nadie en este grupo querrá rebajar tanto el status a estas personas como para ni siquiera otorgarles el de alguien que está como a la expectativa.

Y en algunos casos esa expectativa es más fuerte y hasta se interesan en la imagen verdadera de su interlocutor. A veces quieren hablar con nosotros, con las personas, no con los personajes-autoridad. Por ejemplo, los otros días, al acompañar a Jose mientras hacía su trabajo me formuló algunas preguntas personales del modo más tibio; como ¿tienes familia allí?, ¿Buenos Aires es más húmedo que Barcelona?, y otras del estilo; asuntos superficiales pero míos como persona. Luego pasamos por una tienda de motocicletas y me contó su proyecto -me pareció- más querido: Ganar la lotería. Con el dinero compraría una; no cualquiera sino una señora motocicleta, una Harley Davidson toda cromada, con el tanque de gasolina negro. ¿Ve a Jose atravesando de costa a costa los Estados Unidos por la ruta 66? Pues eso fue lo que me dijo. Ese era su objetivo. Pero aún así lo ve imposible, ¿no? Pues yo no me fiaría, se trata de un joven con un grave trastorno mental que viene a hacer su trabajo cada día. Yo no soy quien para juzgar si Jose, dadas estas circunstancias, tendría o no oportunidad de cumplir un sueño. Y lo digo sobre todo por lo de la lotería, ;) porque salvado este obstáculo cualquiera de nosotros, creo, se ofrecerá amablemente -con todos los gastos pagos- a asistirle con su presencia a lo largo de todo el trayecto. Al menos yo me imagino montado en Harley a través de Norteamérica; si la pasta aparece, claro.

Estas personas están a la expectativa, también respecto al futuro de la empresa que los reune, aunque este detalle no les interese particularmente; ¿será que no logran hacerse una idea acerca de cómo podría afectarles y por eso no se interesan? Su expectativa tiene, a juzgar por mi observación, mucho más que ver con el tema personal; se fijan en cosas nuestras que le ayuden a conseguir -de nuevo- un objetivo que, en el mejor de los casos, sería cumplir un sueño y, en el peor, escaquearse del curro. Quiero decir, aunque no les interese en forma particular, ellos están a la expectativa de todo y ven como funciona el grupo. Por más Google Calendar, Blog y e-mails que tengamos aún no conformamos un Equipo; y no lo conformamos -según mi parecer- porque carecemos de un plan con objetivos claros. Esto -de nuevo a mi juicio- es un escollo que es imperioso resolver antes de que cada quien pueda ser parte de un equipo, pueda auto evaluarse y, en definitiva, evitar el fracaso. A esto sólo agregaría que no es bueno que tales objetivos provengan de nosotros puesto que en tal caso éstos serán meramente estéticos: pondremos en la lista de objetivos aquello que “imaginamos” a usted le caerá bien.

Jefa, (creo que aquí nadie me dejará decir una cosa por otra) yo la admiro por haber levantado esta estructura, la considero una persona inteligente, tanto, que la imagino sobre-entendiendo respecto a este tópico y, por tanto, sub-estimando sin intención el problema. ¿Por qué dar tantas cosas por sentado cuando la mayoría de nosotros no tiene una mínima preparación respecto de esta tarea? En esta circunstancia de carencia de objetivos claros yo no sabría siquiera hacia dónde apuntar. Así no acertaremos una. Se lo dice una persona amable, una a la que le encanta venir aquí cada día y que, salvando el obstáculo antedicho, continuará haciéndolo con gusto. Le aseguro que quisiera estar tan comprometido con sus fines como lo estoy con los de estas personas sobre las que le contaba más arriba. Pero para ello, le ruego, expóngamelos con claridad. Ya verá usted que aquí no hay rebeldes gratuitos; que en base a sus objetivos diseñaremos nuestro accionar. Ya verá usted como de ese modo todo resulta un éxito.