«Dios» no es una palabra.

Domingo 23, Marzo, 2008
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En las Investigaciones, Wittgenstein sostiene que el significado de las palabras y el sentido de las proposiciones son su función, su uso [Gebrauch] en el lenguaje; es decir que preguntar por el significado de una palabra o por el sentido de una proposición equivale a preguntar «cómo se usa». Esta es, a mi ver (el de un hombre descalzo) una de las miradas más simples, más claras y más, si se quiere, cercanas a lo material de un fulano que filosofa.

Una observación tan precisa que hasta yo puedo comprender y, más, reflexionar aportando mi propia vertiente: Preguntar por el significado de una palabra o por el sentido de una proposición, de acuerdo a esto, incluso equivaldría a preguntarse por la razón de su uso de acuerdo a un cómo explicito. ¿Qué satisfacción nos provee su uso? Pues ¿la humanidad impulsaría sin necesidad una determinada palabra o proposición? ¿qué pensamiento hablaría algo que no «sirve»; y por qué? De éste modo toda práctica o consecuencia de un saber hallaría su razón en la satisfacción que esta produce.

Se me hace prematuro utilizar ciertas palabras. «Dios» es un ejemplo; pero sólo por poner uno. Quizá, cuando todo haya sido adecuadamente representado y la réplica en palabras de la realidad esté completa contemos así mismo con una adecuada representación (si es que existe una del propio lenguaje) de esto que algunos llaman divinidad y que, a mi entender, sería algo así como: un verbo colectivo.

La unidad del supuesto dios escapa a la lengua (se nos escapa) pues la lengua es un modelo (lingüístico) y de por sí fragmento y fragmentario (se advierte con sólo observar el presente texto). De tal modo, aquí sólo tienen lugar partes. Mientras que Dios, (según nos cuenta su historia), sería algo trascendente, es decir, estaría por fuera, contendría, nos contendría. De ser esto verdadero, como hablantes estaríamos en condiciones de saber sólo algunas de sus características, poseeríamos nociones demasiado parciales como para representarlo de manera adecuada (y esto último sí pareciera darse en la práctica). Con tales ideas logramos formular hipótesis que por falta de un vocablo más apto me animo a denominar: artísticas. Más que nada se trata de «ilusiones», prematuramente echadas al buzón de lo Real en demanda de una satisfacción in extremis. Vista así, la idea «Dios» es tan solo la parte interna del exterior de nuestra realidad.

Ejemplo (imprescindible sólo para unos pocos pues, a esta altura, la mayoría de los lectores habrá desparecido): un recipiente de cristal repleto de agua celeste. A traves de una vision standard solo obtenemos para el contenedor el adjetivo «transparente», quizás tanto que lleguemos a decir: invisible. La forma interior del recipiente se deduce de la que dibuja el agua coloreada que sí vemos y que éste contiene. Estamos en condiciones de advertir claramente el volumen de lo contenido, no así del contenedor.

En lo que sigue, creo, los artistas dedicados al tema siempre han coincidido. Dios sería, entre otras cosas: luz; adecuada representación para nuestros antepasados cultivadores, aunque no demasiado para, por ejemplo, un músico ciego como yo. Todo cuanto sabemos hoy acerca de lo que nos contiene no es mucho mas que lo que sabían los antiguos cultivadores. De nuevo, que si dios es luz, que si dios es bondad, que si dios es acción. Pero a un tiempo, si atendemos a quienes pronuncian la palabra «dios» refiriéndose a un creador del todo debería ser muchas cosas más que aún no contemplamos. Y así, en estas condiciones, todo intento de hablar sobre la palabra dios (como éste) se torna impracticable. ¿Y si acaso la idea fuese hablar sobre la cuestión de hablar «con» dios? Esa oracion que cada vez menos creyentes formulan es el mismísimo ejemplo de aquellos sectores del modelo lingüistico que no proveen satisfaccion al usuario, que no consiguen la anhelada interaccion con lo Real.

Sólo percibimos aquello que cambia, no comprendemos más que por oposicion, la especialidad de nuestro pensamiento es distinguir, catalogar lo diverso; claro, oscuro, rojo o verde, dia y noche. Frente a un paisaje fotográfico se hace dificil (incluso imposible) afirmar si amanece o anochece. Nuestros ojos, nuestra boca, piel, cada uno de nuestros tubos alcanzan tan solo el mundo que interesa a nuestro cuerpo; el mundo que asegura nuestra constancia en el tiempo, la subsistencia. Todo cuanto alcanza la consciencia es «como si». Quienquiera que fuese el dios de las cosas (si es que lo hubiere) ha plantado en nosotros un tremendo obstaculo: la imposibilidad de conocer aquello que no somos. De allí, creo: conócete a tí mismo.

¿Y si vuestra mente fuera la mente de dios? ¿Y si las unicas palabras de dios fueran las vuestras? Vamos, no suelo extenderme tanto sobre palabras que son fragmento de fragmento. Es decir, no suelo hablar de un plato roto sino de «trozos de porcelana» pero esta tarde me siento animado por un aburrimiento atroz. Si fuese Phillip K. Dick sostendría que hablar de dios, más que luz, más que fuerza, más que bondad, sería hablar de: «intervalo en toda constancia», aun en los casos en que éste no pueda enunciarse con toda claridad; como por ejemplo en Pi.

Saludos.

pd: el sentido de las anteriores proposiciones fue haceros imaginar algo no cotidiano. Sabrá dios si se ha cumplido o no esa posible función del lenguaje.

la foto es de natalieminx