SIMPLISMOS.

Miércoles 19, Marzo, 2008

Hoy hace dos semanas sepultaron a mi padre. Fue cáncer; tenía sesenta y tres tacos. Yo digo que era demasiado joven aún para irse y para nada lo digo como hijo. La esperanza de vida en Canadá o Suecia alcanza los ochenta años, luego desciende a sesenta y cinco entre Moscú y Vladivostok hasta volver a trepar en Buenos Aires ciudad, lugar donde aún se espera cumplir los setenta con cierto «decoro» (su palabra favorita), aunque fuese a medio sentar, rodeado de niños pequeños a quienes sonríes y finges reconocer. Lo extraño es que, en este caso, en aparente igualdad de condiciones él apenas superara los sesenta. Dirán que fue el cáncer.

Sí, lo fue; pero, vamos, al margen. Esto es como ir abriendo una flor pétalo a pétalo. Decirme ahora que de lejos se ve claramente una rosa es decir nada. Suena igual o peor que esa frasesita infame de «tras una larga enfermedad». Por razones obvias o no, me obligo a destacar el hecho de que un hombre ha vivido menos de lo «normal», y que eso no sólo resulta «anormal». Cuando un simple «menos» esconde «doce años», un tiempo igual al de toda su educación primaria y secundaria en conjunto, más incluso que todo eso que llamamos de modo genérico «setentas», «ochentas», «noventas», más que fuera de lo normal, a eso, yo, yo lo llamaría «inusitado».

No soy técnico en el tema, ni mucho menos, sólo soy un hijo meditando aunque un vistacito de nada a lo prematuro de su ida y a la posición del globo en la que ocurrió me sugiere al menos esto: el espesor de esta vida que mi padre atravesó con su cuerpo se ajusta bastante mejor al de la existencia en Yemen o Pakistán, en Tajikistan, Kyrgyztan o Nepal, la vida espesa, que parece corta, aunque en realidad lo que sea es «difícil de atravesar». Su historia transcurrió en Buenos Aires pero no fue en absoluto la de un porteño cualquiera. Tan sólo «ocurrió» en esta ciudad. Plaza Francia, La Boca, Avenida Las Heras o Libertador tuvieron en vida y muerte de mi padre la misma trascendencia que la pantalla tras el film; soporte para una posible lectura. Sabes de sobra que en el cine la imagen frente a ti viene de otro sitio, a tu espalda, que es mera luz. Aún así la lees, como puedes.